arquitectura y música

"La arquitectura es, en suma, música solidificada" (Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling 1775-1854)

Palabras contra oídos necios…

2 comentarios

Aunque alguno de Uds. no pudieran dar crédito,hay quien esto de la música embebida en una institución profesional de arquitectos como que les parece mal… hay palabras que definen a quien las dice, no a quien están dirigidas…

Aquí les dejo una conferencia del señor Louis I. Kahn -alguien que creo, sabía algo de arquitectura- de hace ya casi cuarenta años. Disculpen si es un poco largo (el subrayado es nuestro):

El espacio y las inspiraciones · Louis Kahn

“Space and Inspirations”, conferencia en el simposio ‘El conservatorio reinterpretado”, Conservatorio de Nueva Inglaterra, 14 de noviembre de 1967.

Intuyo que este congreso está dedicado a las maravillas de la expresión y a las inspiraciones que provocan la necesidad de expresarnos. La inspiración es la sensación de comienzo en el umbral donde se encuentran el Silencio y la Luz: el Silencio, con su deseo de existir; y la Luz, otorgadora de todas las presencias. Esto, creo yo, está en todas las cosas vivas: en los árboles, en las rosas y en los microbios. Vivir es expresar. Todas las inspiraciones están a su servicio. La inspiración de aprender proviene de esa historia que llevamos grabada en nosotros mismos acerca de cómo fuimos creados; y nos anima a descubrir sus maravillas, que abarcan el deseo inconmensurable y la ley conmensurable. Las instituciones de enseñanza debieron comenzar a partir de la frecuencia de la necesidad de su instauración. En ellas, las mentes se reúnen para ofrecerse mutuamente una visión singular de aquel comienzo. A la expresión se la respeta sólo como Arte, el lenguaje trascendente.

Quien mira a otro que anda con gracia, y además aspira a esa belleza, siente la comunión del espíritu en el Arte; entiende su validez, aunque reconoce su inconmensurabilidad. La validez física incita a medir mediante las leyes inconscientes e inmutables de la naturaleza. El registro de la roca está en la roca. Cada grano de arena está en su sitio exacto, es del tamaño y el color exactos. La regla consciente invita al cambio constante, a alcanzar nuevos niveles globales de esa Regla. Las leyes de la naturaleza están en la creación de todas las cosas. Ese deseo indefinible que tiene el hombre de hacer una casa, modelar una piedra o componer una sonata debe, sin embargo, obedecer a las leyes de la naturaleza en su creación.

Pienso en la Forma como la constatación de una naturaleza, compuesta de elementos inseparables. La Forma no tiene presencia; su existencia está en la mente. Si se eliminase uno de esos elementos, la forma tendría que cambiar. Hay quienes creen que la máquina ocupará finalmente en lugar de la mente. Para eso tendría que haber tantas máquinas como individuos. La Forma precede al Diseño; le indica su orientación porque conserva la relación entre sus elementos. El Diseño proporciona a los elementos su figura, trasladándolos de su existencia en la mente a su presencia tangible. Al componer, siento que los elementos de la forma siempre quedan intactos, pese a que pueden estar sufriendo constantemente los intentos del diseño por darle a cada uno su figura más conveniente. La forma no concluye con la presencia, pues su existencia es de naturaleza psicológica. Cada compositor interpreta la Forma de un modo singular. La Forma, cuando se entiende, no pertenece a quien la entiende. Tan sólo su interpretación pertenece al artista. La Forma es como el orden. El oxígeno no pertenece a su descubridor. Tengo la sensación de que las cosas vivas y las que no lo están son dicótomas. Sin embargo, la naturaleza —otorgadora de todas las presencias, sin duda ni elección— puede prever el deseo gracias a la maravilla insondable de sus leyes; y nos ha proporcionado los instrumentos para interpretar la canción del alma. Pero creo que aunque todas las plantas y seres vivos tuviesen que desaparecer, el sol seguiría brillando y la lluvia seguiría cayendo. Nosotros necesitamos a la Naturaleza, pero la Naturaleza no nos necesita a nosotros.

La Arquitectura no tiene presencia, la Música no tiene presencia; me refiero, por supuesto, al espíritu de la arquitectura y al espíritu de la música. En este sentido, la Música, como la Arquitectura, no está a favor de ningún estilo, de ningún método, de ninguna tecnología: este espíritu se reconoce como la Verdad. Lo que sí existe es cada obra arquitectónica o cada obra musical, que el artista ofrenda a su arte en el santuario de toda la expresión, al que me gusta llamar el Tesoro de las Sombras, situado en esa atmósfera que va de la Luz al Silencio, del Silencio a la Luz. La luz, otorgadora de presencia, arroja su sombra, que pertenece a la propia Luz. Lo creado pertenece a la Luz y al Deseo.

Entiendo que en la enseñanza de la Arquitectura hay tres aspectos: el profesional, el personal y el de la inspiración. La práctica se refiere a las responsabilidades profesionales que requieren conocimientos, experiencia, negocios, ordenanzas, ciencia y tecnología para hacer un proyecto factible. Cada persona, como individuo, busca los signos de la entrega a su arte y a la naturaleza de éste; busca la naturaleza del pintor, del escultor y del músico, del cineasta, el impresor o el mecanógrafo. En este caso, el profesor se diferencia del monitor. El primero busca el poder expresivo de su arte; el Arte, entendido como creador de vida. El Arte nace de la Vida.

Cuando vuelve a presentarse una gran composición, es como si alguien a quien conocemos bien entrase en la habitación, alguien a quien hay que ver de nuevo para reconocerlo. Debido a sus cualidades inconmensurables, es algo que debe oírse una y otra vez. Esta, creo yo, es la parte de la educación en la que el trabajo de una persona no debería juzgarse. Y si hay que criticarlo, debería inspirar una crítica constructiva. Por ejemplo, me pidieron que escribiese un comentario sobre la obra de dos arquitectos del siglo XVIII: Ledoux y Boullée. Cuando me enseñaron sus dibujos por primera vez (me refiero a los dibujos originales), me quedé impresionado por dos cosas: el inmenso deseo que mostraban sus dibujos de expresar la ins­piración de las motivaciones arquitectónicas, y lo escandalosamente fuera de escala que estaban con respecto al uso por parte del hombre. No obstante, eran sumamente alentadores; no estaban concebidos para cumplir una función o para vivir en ellos, sino que correspondían a un desafío frente las limitaciones. Por ejemplo, una Biblioteca de Boullée mostraba una sala de 150 pies [45 m] de altura, con los libros apilados en altura a lo largo de los muros. La idea era tomar un libro y entregarlo a la persona de abajo, y así sucesivamente hasta llegar al lector, en un espacio sin mesas ni sillas. Resultaría muy difícil, creo yo, pasar de la primera hoja en semejante biblioteca. No obstante, era formidable como una especie de atrevimiento perte­neciente a la arquitectura.

Escribí esta introducción al catálogo:
El espíritu en la voluntad de expresar
puede hacer al gran sol parecer pequeño.
El sol existe
luego el Universo existe.
¿Necesitábamos a Bach?
Bach existe
por eso la música existe.
¿Necesitábamos a Boullée?
¿Necesitábamos a Ledoux?
Boullée existe
Ledoux existe
luego la Arquitectura existe.

Subí un buen tramo de escaleras hasta el despacho que comparto con Le Ricolais y Norman Rice en la Universidad de Pensilvania. A menudo me paro en el descansillo intermedio, donde hay colgadas láminas de arquitectura, pintura y escultura. Allí me encontré a uno de los mejores profesores de escultura, Bob Engman, de Yale, donde también yo empecé a dar clase; estaba de pie, dándome la espalda, con su robusta figura —ya le conocen—, y yo le puse el codo en el hombro y dije “¿Qué ves en estas cosas viejas?”, señalando una lámina de escultura egipcia; y entonces se volvió hacia mí, con una sonrisa de complicidad que expresaba su asombro sin palabras. Y luego, con palabras: “¿No es maravilloso… tanta belleza… tanta lucidez?”; sin añadir nada a su expresión. Y entonces le dije: “Bob, he estado pensando en dos palabras: la Existencia y la Presencia.” El Arte encarna ambas. Una habla del espíritu, y la otra de lo tangible.
Puede decirse que la arquitectura es la creación meditada de espacios. El Panteón es un maravilloso ejemplo de un espacio proyectado a partir del deseo de proporcionar un lugar para todos los cultos. Esto queda bellamente expresado como un espacio no direccional, donde sólo puede tener lugar un culto inspirado. El ritual consagrado no tendría cabida. La abertura circular de la cúspide de la cúpula es la única luz. La luz es tan intensa que parece que corta.

El ámbito de la Arquitectura está delimitado. Dentro de sus muros de delimitación se desarrollan todas las demás actividades humanas, pero el énfasis está en la Arquitectura. El ámbito de los Negocios, dentro de sus límites, también tiene arquitectura, pero el énfasis está en los Negocios. Por tanto, no todos los edificios pertenecen a la Arquitectura. El Panteón es un ejemplo de lo que se crea en el ámbito de la Arquitectura, y no en el ámbito del Mercado; este edificio expresa las orientaciones no condicionadas para la creación de su espacio como una institución del hombre, al igual que ocurriría con la creación de un lugar para aprender, un lugar para el gobierno, un lugar para el hogar o unos lugares para el bienestar, si se pro­porcionase a cada uno de ellos el entorno espacial a que aspira su destino respectivo. Son lugares que expresan lo que el hombre desea establecer, y que dan forma a un modo de vida. La inspiración de aprender da origen a todas las instituciones de enseñanza. La inspiración de expresarse da origen a todos los lugares religiosos, en los que el Arte es probablemente el más importante de los lenguajes.

Ustedes en música y nosotros en arquitectura: a todos nos interesa la estructura. Para mí la estructura es la creadora de la luz. Cuando escojo un orden estructural que exige una columna tras otra, aparece un ritmo así: no luz, luz, no luz, luz, no luz, luz. Una bóveda o una cúpula son también decisiones sobre el carácter de la luz. Hacer una habitación cuadrada significa proporcionarle la luz que revele ese cuadrado en sus infinitos ambientes. Dar luz no es simplemente hacer un agujero en un muro; ni tampoco escoger una viga aquí y allá para enmarcar la cubierta. La arquitectura crea la sensación de estar en un mundo dentro de otro mundo, y la ofrece a la habitación. Intentemos pensar en el mundo exterior cuando estamos en una buena sala y en buena compañía. Todas las sensaciones del exterior nos abandonan. Me acuerdo de un hermoso poema de Rumi, el gran poeta persa que vivió en el siglo XIII. Habla de una sacerdotisa que pasea por el jardín. Es primavera. Se detiene ante el umbral de su casa y se queda paralizada en la sala de entrada. Su doncella se le acerca, impaciente, y le dice: “mirad fuera, Mirad fuera, señora, y ved las maravillas que Dios ha creado.” La sacerdotisa contesta: “Mira dentro y verás a Dios.” Es maravilloso constatar que nunca se creó una habitación. Lo que crea el hombre no lo puede crear la naturaleza, aunque el hombre utilice todas las leyes de la naturaleza para hacerlo. Lo que nos lleva a crear algo, el deseo de crearlo, no está en la naturaleza universal; me atrevería a decir que se compone de Silencio; de ese deseo, carente de luz y oscuridad, de ser y de expresar el predominio del espíritu que envuelve el Universo.

Cuando tengo un plano delante, en lo que me fijo es en el carácter de los espacios y sus relaciones; lo veo como la estructura de los espacios en su propia luz. Un músico que ve una partitura debe tener una intuición inmediata de su Arte; reconoce la idea a partir de su diseño, y a partir de su propio sentido del orden psicológico; reconoce las inspiraciones a partir de sus propios deseos.

Yo siento la fusión de los sentidos. Oír un sonido es ver su espacio. El espacio tiene tonalidad, y yo mismo me imagino componiendo un espacio elevado, abovedado, o bajo una cúpula, al que asigno un carácter de sonido que se alterna con los tonos de un espacio estrecho y alto, con una graduación plateada de la luz a la oscuridad. Los espacios de la arquitectura en su luz me hacen querer componer una especie de música, imaginando para ello una verdad a partir del sentido de la fusión de las disciplinas y sus órdenes. Desde el punto de vista arqui­tectónico, ningún espacio es tal a menos que tenga luz natural. En arquitectura, una habitación o un espacio necesitan esa luz que da vida: la luz de la que estamos hechos. Por eso la luz plateada, la luz dorada, la luz verde y la luz amarilla son cualidades variables en su escala o su norma. Esta cualidad debe inspirar una música.

Estoy proyectando un museo de arte en Tejas. En este caso, pensé que la luz de las salas con estructura de hormigón debería tener la luminosidad de la plata. Sé que las salas para pinturas y objetos que pierden el color sólo deberían dotarse de una luz natural muy tenue. El esquema del recinto del museo es una sucesión de bóvedas cicloides de un solo vano, de 150 pies de largo por 20 de ancho [45 x 6 m], que forman las distintas salas con una estrecha hendidura hacia el cielo y con un vidrio de espejo modelado para difundir la luz natural a ambos lados de la bóveda. Esta luz proporcionará a la sala un brillo de plata sin afectar directamente a los objetos, y nos ofrecerá la reconfortante sensación de conocer la hora del día. Además de la luz del cielo precedente de esas hendiduras situadas sobre las salas de exposición, he cortado transversalmente las bóvedas, en ángulo recto, con un contrapunto de patios, abiertos al cielo, de un carácter y unas dimensiones intencionadas; y los he denominado el Patio Verde, el Patio Amarillo y el Patio Azul, según la clase de luz que preveo que ofrecerán sus proporciones, el follaje o los reflejos del cielo sobre las superficies o el agua.

Un alumno vino a mi despacho —que, por cierto, es la sala de todo el mundo— y me hizo una pregunta: “¿Cómo describiría usted esta zona?” Me resultó muy intere­sante. Reflexionando, le dije: “¿Cuál es la sombra de la luz blanca?” Repitiendo y reflexionando sobre lo que yo había dicho —”Luz blanca, luz blanca, la sombra de la luz blanca”— musitó: “No sé.” Yo le contesté: “Es negra. Pero en realidad no existe eso de la luz blanca y la sombra negra. Por supuesto, cuando yo me eduqué la luz era ‘amarilla’ y la sombra era ‘azul’. ‘Luz blanca’ es un modo de decir que incluso el sol está en tela de juicio, y sin duda todas nuestras instituciones están en tela de juicio.”

Creo que en la actual revuelta en contra de nuestras instituciones, lo que falta es la capacidad de Asombro. Sin el Asombro, la revuelta sólo se preocupa de la igualdad. El Asombro impulsa el Deseo hacia la Necesidad. Las exigencias de la igualdad de medios pueden llevarnos sólo a cambiar las lámparas viejas por otras nuevas, pero sin ningún carácter. Creo que cuando exista el Asombro, la luz será de un amarillo más brillante y la sombra de un azul también más brillante.

Estoy tratando de encontrar nuevas expresiones para las viejas instituciones. Por ejemplo, las instituciones de enseñanza —por las que tan preocupados estamos hoy en día— probablemente comenzaron con un hombre bajo un árbol, y a su alrededor quienes escuchaban sus palabras. Esta maravilla que es la primera aula nunca me abandona, y ahora me planteo este problema con el deseo de alcanzar ese sentido de los comienzos. Creo que en todas las escuelas necesitamos cierta veneración por las maravillas de los comienzos. En este congreso vamos a hablar del aprendizaje del arte. Se nos presentarán las facetas profesional, personal y espiritual de su ámbito. Creo que las ideas presentadas que se basen en nuevas constataciones deben estar libres de la influencia de lo circunstancial.

Y ahora tengo que contar la última historia; trata sobre mi encuentro con una persona, un maravilloso arquitecto de México. Mientras recorría su casa sentí el carácter de ‘la casa’: una casa buena para él y buena para cualquiera, en cualquier momento y para toda la vida. Esto nos revela que el artista sólo busca la verdad, y que saber qué es lo tradicional o lo contemporáneo no tiene significado para él. Sus jardines están concebidos como lugares personales que no deben duplicarse. Esto nos sugiere que cuando se ha terminado un jardín, todos los planos de su ejecución deben destruirse. El propio jardín sobrevive como la única realidad auténtica, que debe esperar su madurez para hacer realidad el espíritu de su creación. Más tarde nos reunimos en buena compañía y me planteó la siguiente pregunta: “¿Qué es la tradición?” Este tema ya había surgido anteriormente aquel día. De momento no supe qué contestar, aunque sentía el deseo de responder a esa pregunta, porque la extraordinaria singularidad de este hombre provocaba una sensación creativa. Le dije: “Sí, mi mente vuela al Teatro del Globo, en Londres.” Shakespeare acaba de escribir Mucho ruido y pocas nueces, que se iba a representar allí. Me imaginaba a mí mismo viendo la actuación a través de un agujero en la pared del edificio, y me sorprendió ver cómo el primer actor que intentó hacer su papel en escena se derrumbó formando un montón de polvo bajo su vestimenta. Lo mismo le pasó al segundo actor, y al tercero y al cuarto; y el público, en respuesta a los actores, también se derrumbó formando un montón de polvo. Entonces me di cuenta de que las circunstancias nunca pueden repetirse, y de que lo que estaba viendo entonces era lo que no podía ver ahora. Y me di cuenta de que un viejo espejo etrusco sacado del mar, en el que una vez se reflejó una bella cabeza, tiene todavía en todos sus desconchones la fuerza para evocar la imagen de aquella belleza. Es lo que el hombre crea, lo que escribe, su pintura, su música, lo que permanece indestructible. Las circunstancias de la creación de todo ello nos son más que el molde para hacer un vaciado. Esto me hizo darme cuenta de lo que puede ser la Tradición. Pase lo que pase en el transcurso circunstancial de la vida del hombre, lo más valioso que deja es un polvo dorado, que es la esencia de su naturaleza. Si conocemos este polvo y confiamos en él, no en lo circunstancial, estaremos en contacto con el espíritu de la tradición. Tal vez entonces podamos decir que la tradición es lo que nos otorga la capacidad de prever, a partir de lo que sabemos, qué es lo que perdurará cuando creemos.

Gracias.

Texto extraído de L’Architecture d’Aujourd’hui, vol. 142, febrero/marzo 1969, págs. 13-16.

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2 pensamientos en “Palabras contra oídos necios…

  1. Reblogueó esto en Molinero Arquitectosy comentado:

    Somos luz y sonido, silencio y sombras nos definen. Somos lo que somos por lo que no somos, ser o no ser…

  2. Es muy significativo que una de las palabras clave para hablar de música, el “arte de los sonidos”, sea “Silencio”.

    La analogía de Kahn hermana Silencio y Luz. Quizás, se me ocurre, es porque, en el vaivén del “to be or not to be”, la Luz, no siendo ella misma visible, es, sin embargo, la condición “sine qua non” de visibilidad (y de la Arquitectura). El Silencio, no siendo él mismo audible, es, sin embargo, la condición “sine qua non” de la sonoridad (y de la Música).

    Cordialmente.

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